A los treinta (capítulo cinco)

Lo primero que hice despierto fue comprobar el estado de mis miembros. Haciendo esto, me dí cuenta de que no estaba atado pero sí sospechosamente mojado. Era como si me hubiera duchado en la cama. Cama en la que antes no estaba, cosa también sospechosa. Por lo menos mis gónadas se encontraban (que no es poco) en perfecto estado. Mi cerebro estaba tan embotado que no me dí cuenta que en realidad todo había sido un sueño. ¿Todo? Algo en la cabeza me ardía con pasión, y en la almohada apareció un rastro de sangre.

Más tarde me informó Carlos de lo sucedido. De mi borrachera, de cómo ella no me dejaba tenerme en pie y de cómo me sostuve durante un breve periodo de tiempo sobre mi cabeza. De ahí esta brecha que no sabía si curar o no, y dejar que la gente se interesara por mí como cuando era pequeño y llamaba la atención de las niñas con heridas.

De vuelta a mis pensamientos me pregunté el porqué de mis sueños. Está claro que ahora ya sé de qué conozco a Marta. Marta en realidad es Marta. Marta la niña dulce de mis ojos. Me pasé toda mi juventud queriéndola y deseándola, y al final nada. Es el gran gatillazo de mi vida. Quince años después aparece y quiere casarse porque hicimos una apuesta cuando éramos críos. Hay que estar desesperada…

Recordé lo loca y depresiva que parecía, y pensé -para estar con resaca estoy pensando muchísimo- en hacerle una visita. La pregunta es dónde la visito. Sé que se llama Marta. Es un buen comienzo. En Madrid deben de haber unas 10.000 Martas. Pero yo estaba pletórico. Sentía que estaba estrechando el círculo.

A los cinco minutos me senté en el sofá, con una cerveza en una mano y una derrota en la otra. Parece ser que sin apellido es difícil encontrar a alguien en este siglo. Y eso era un dato que no tenía.

Cuando era pequeño mandaba cartas. De hecho le mandaba cartas a Marta. Resulta que en aquella época no había internet. No había mails, ni móviles. Y como yo nunca he sido de hablar mucho, mandaba cartas. ¿Por qué ella no me había mandado un SMS o un mail como hace todo el mundo? ¿Qué mensaje oculto encontraría en aquella carta? Me sentí como un verdadero detective ante tal deducción. Pronto me dí cuenta que era mucho más patético de lo que me imaginaba que podría ser. Aún así, descubrí lo que me interesaba: el remite. ¿Sería eso lo que ella quería que encontrara? Calle de las Rosas 2, segundo izquierda. “Eso no queda lejos” Pero luego después de pensar, pensé lo que había pensado, y me dí cuenta de que no tenía ni idea de dónde estaba la calle.

Minutos después de haber consultado Google, haberme duchado, engominado, engalanado y perfumado, fui a la boca del metro, porque ahora sí sabía que destino tomar. Iba a ir a hablar con Marta de todo, y de ser amigos. La calle no estaba lejos. Al menos en Madrid no está lejos nada que no se salga de la red de Metro.

Tres cuartos de hora, y dos transbordos me costó llegar. “Espero que merezca la pena”. No me paraba de repetir esto mientras buscaba la calle. En fin, tampoco tenía nada mejor que hacer. Bueno, sí, trabajar. Pero hoy es el día después del de mi cumpleaños. Nadie trabaja ese día. Encontré el número dos, que como yo bien supuse estaba al principio de la calle. El barrio no me dejaba indiferente. Putas y yonquis por doquier. Creo que había estado por aquí de juerga. Busqué en el telefonillo el segundo izquierda. Apreté el botón pero no sonó ningún tipo de señal acústica. He de decir que esto me pone muy nervioso. Apretar un botón y que no suene nada. En las películas americanas todo suena, todo tiene su pitidito. Yo esperaba que el telefonillo lo tuviera, pero esperé en vano. Incluso pensé que fuera de efecto retardado, o que no había apretado lo suficiente. Me decliné por la segunda, y hundí mi dedo en ese cochambroso telefonillo. No sonó. Me sentía frustrado. Empuje la puerta del portal de pura rabia y se abrió. Estaba abierta. “Bueno Marta, supongo que será una sorpresa”.

Las escaleras crujían a mi paso, cada una de una forma diferente, como si estuviera en las Naciones Unidas y me saludaran todos los que allí estuvieran de reunión, de asamblea o de lo que coño se haga en las Naciones Unidas. Llegué al segundo con la frente perlada, ya que el ejercicio extremo no es lo mío. Esperé un minuto a que se me pasara el sofoco, no fuera a ser que estropeara mi magnífica presencia. Quería causar buena impresión.

La puerta del segundo izquierda estaba abierta. “Me estará esperando”. Al abrir la puerta pisé con fuerza el paqué y casi me mato del resbalón. “Pues sí que encera bien esta chica” Pero no era cera lo que pisé. Un enorme charco de sangre cubría todo el suelo del recibidor.

[...]

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Aquí no se acabó todo

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4 comentarios sobre "A los treinta (capítulo cinco)"

  1. Eugyn
    09/10/2008 at 5:52 Permalink

    Nano!!! que historia me tienes intrigada…. lastima que hay que esperara tanto para saber que ocurre
    Te mando un beso

  2. nanoysutrompa
    09/10/2008 at 19:04 Permalink

    Jajaja

    Bueno trataré de mejorar eso…

  3. Eugyn
    11/10/2008 at 9:16 Permalink

    Hola Nano ya estoy creando mi Blog, no creo que sea ni el suspiro de lo que es el tuyo, será para que conozcas un poco mas de mi… Tu y quien quiera conocerme, aun no tengo mucho por que estoy empezando, necesitaré algunos consejillos ¿me ayudarías?

  4. Sick
    11/10/2008 at 12:36 Permalink

    No. Marta no puede haber muerto. No es su sangre. Trato de convencerme de ello. Diablos!

    A la espera quedamos del sexto capi.

    Muaaaaaaaks!

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