Lansarote, ¡muyayo!

De lo primero que me di cuenta gracias a mi hermana, es que en los aviones no hay fila trece. Y mira que ya llevo unos vuelos a mis espaldas, pero claro no se puede comparar mi mente atrofiada con la de una niña de 11 años.

Ese avión me llevó una semana a Lanzarote. Una semana familiar, playera y con desconexión total. El hotel era un gran lujo cinco estrellas, pero parece que el internet en España es todavía algo para muy pocos.

Los detalles técnicos del hotel son: como ya he dicho un gran lujo… de otra época. No es para quitarle las estrellas, que bien las merecía, pero era un lujo rancio, pasado de moda. Lujo de estos que la gente va trajeada al buffet del desayuno. Eso sí, el lujo se notaba en el buffet. Era lo realmente bueno de un hotel en el que la animación brillaba por su ausencia. No sé si no era lo suficiente para carrozas y estirados, pero el caso es que allí no se animaba nadie. El hotel tenía una piscina diseñada por César Manrique de agua salada. Nos tuvimos que comprar unas gafas de nadar para poder estar en la piscina más de cinco minutos sin que te saltaran los ojos de las cuencas. También tenía un gran hall con jardín tropical incluído, con algunas tiendas de lujo alrededor.

La habitación no estaba nada mal. Destacaba la cama de dos por dos en el que mi hermana y yo no llegamos ni a tocarnos, pese a que nos movemos bastante por las noches. La decoración en mármol y hierro forjado, de otro siglo.

Estabamos alojados en Costa Teguise, zona de costa turística ambientada para que los guiris se lo puedan pasar bien sin que sientan mucho de menos su patria. Cerca del hotel había un sitio llamado el «Pueblo Marinero», pero en realidad era el de las dos mentiras, porque ni era pueblo ni marinero. Para empezar no había puerto. Luego el pueblo parecía Port Aventura. Te daba la sensación de caminar por un parque temático ambientado en una mezcla entre Marruecos e Ibiza.

Los días pasaron con la rutina de levantarse, buffet, piscina, comer, siesta, piscina, buffet y dormir. En esa zona no hay más cosas que hacer si vas en familia. Un par de días cambió la rutina. Lo relato:

El martes nos acogimos a una excursión del Corte Inglés, para visitar el Sur de la isla, con entrada en el Parque Nacional de Timanfaya, un poquito de la costa noroeste y degustación de vinos en una bodega local. Fue como volver a Madrid, ya que el autobús de la excursión rapidamente se llenó de estereotipos paletos madrileños. Estaba el típico gracioso con la voz demasiado alta. Estaba el que cree que viene de otra galaxia por vivir en Boadilla, y mira a todos por encima del hombro. Estaba la choni de móstoles que cada cinco minutos llamaba a alguien para relatar su infierno personal con la maleta (que unos maleteros de aena rompieron y tuvo que gastarse «20 pavazos de taxi» para que le dieran otra en Arrecife). La excursión empezaba con, sorpresa!, paseo en camello. Dromedario mejor, pero no sé por qué, los dromedarios no deben tener buena publicidad y queda mejor decir camello. El paseo ni me agradó ni me disgustó. Simplemente me dió pena los dromedarios. De allí fuimos directamente al P.N. de Timanfaya. Allí subimos al un islote que tiene un restaurante diseñado por César Manrique, en el que se aprovechan de la energía geotérmica para hacer parrillas y experimentos para que los guiris esbocen sonrisas y piensen en las diferencias entre países civilizados como el suyo y España. El parque impresiona la primera vez, porque te da la impresión de que te han teletransportado a Marte o a la Luna. Desolador. A la media hora te has cansado del paisaje, pero no busques otro, porque no hay. Volcanes y desierto de lava es lo que te espera si vas a Lanzarote. Destacar la posterior cata de vinos en una bodega. Cosa chocante, en Lanzarote hay mucho vino, y no precisamente malo. Cuestiones de la tierra. Ciertamente habría disfrutado más la excursión si la migraña me lo hubiera permitido.

El jueves tocó alquilar un coche para acercarnos a ver el Norte de la isla, y los sitios de «interés cultural». El viaje comenzó por la Fundación César Manrique, que alberga su casa, un museo con obras suyas y de otros artistas coetáneos a él, y una sala de exposiciones. La casa era una maravilla. Construída en medio de una colada de lava, debió ser agradable vivir allí. De allí fuimos al Jardín de Cactus, obra de César Manrique. Me esperaba otra cosa. No es que no me gustara, aunque tantos cactus en un mismo sitio me abruman. Lo que abrumaba de verdad era el viento que hacía. Antes de comer paramos en los Jameos del Agua, obra de… Sí, César Manrique. Este sitio es verdaderamente un timazo. Para empezar no sabía lo que era un jameo. Pensé que eran los cangrejitos esos ciegos que se supone que debería de haber allí, pero no son más que las aberturas que el agua hace en la colada de lava, que dan al exterior. Dentro había un lago interior, con las aguas muy transparentes, infestado de monedas, una piscina (¿?) y un auditorio (¿?¿?¿?) en obras. Creo que fueron 8 euros la entrada por ver una auténtica mierda. Comimos en un pueblito marinero, mirando al mar. El pescado era buenísimo aunque creo que un poco caro. Se nota que de allí salía el ferry para la isla de Graciosa. Después de comer nos encaramamos a la montaña a entrar en el Mirador del Río, de César Manrique. Es un restaurante, cómo no, colgando literalmente de un acantilado, con unas vistas increíbles de la isla Graciosa. El taquillero, muy honesto nos ahorró los 4 euros y medio que costaba entrar por mala visibilidad. Mucha nube. De allí bajamos viendo pueblos de pasada, para llegar a las Cuevas Verdes, diseñadas por César Manrique, pero llegamos tarde, cerraban a las cinco (¿?). Desde allí fuímos lo más al Sur sin salirnos al mar, y llegamos a Playa Blanca pensando que era otra cosa. Pero era una copia de Costa Teguise pero con menos playa, y mucho menos blanca. Otra vez las dos mentiras. Así que de allí al hotel, a disfrutar del magnifico buffet.

Dió para poco más la semana. Pocas cosas no he contado. ¿Recomiendo Lanzarote para ir de vacaciones? Pues depende. Depende del plan, si quieres ir relax total, hay sitios más cerca. Ver la isla es bonito, pero supongo que también lo tiene que ser ir con colegar y aprovechar los bajos impuestos que se aplican al alcohol allí. Otro año…

Aquí no se acabó todo

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Un comentario sobre "Lansarote, ¡muyayo!"

  1. Noemí
    27/07/2009 at 10:18 Permalink

    Joer con el César Manrique… Qué monopolio!!! Parece que no has vuelto muy entusiasmado de las Islas… Yo no he estado allí, pero pensaba que la imagen «lunar» era impresionante…

    Yo no sé si sería capaz de subirme a un dromedario-camello, porque también me da mucha penita que exploten a los animalillos de esa manera… Al igual que en otras partes los burrillos, o los caballos… No me gusta nada… Cada uno, que cargue su peso, no?? O que pongan otros medios de transporte!!!

    A mí me pasa un poco como a tí, que ir a ver lugares en principio pintorescos o en plena naturaleza, convertidos en atracciones de feria donde pagar entrada y comprar souvenirs, me parece de lo peor!!! Así que intentamos elegir zonas con menor afluencia de gente y sin tanta manipulación… No se dan cuenta de que así, todo pierde su encanto??

    Bueno, al menos el hotel, estaba bien, no? Jejeje… Es verdad que ese lujo recargado y del siglo pasado a pocos gustará ya… pero si ellos dicen que son 5 estrellas, será porque lo vale, no? 😉

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