La vida como espectador

Asisto a San Petardillo como un espectador más. Miento. Un espectador privilegiado. Un espectador que puede saltarse el cordón policial, que puede adentrarse en las entrañas de una peña que roza ya la treintena de años. Ya no pago las cuotas. Ya no soy de la peña, y ya no la siento como mía. Aunque allí estoy, porque es algo que nunca he querido perderme.

Este año asisto como espectador, pero no por no ser de la peña. Quiero observar. Y puedo. Y me quedo parado al lado de la batucada contratada por el ayuntamiento para el evento, pensando en el fuego y en lo mal acompasados que van los surdos.

Debe ser que no sé lo que es una peña. Pero sólo veo a gente. Gente que no se conoce. Gente que se sonríe con falsedad, que no disfrutan del momento. Gente que le da igual un muñeco que se quema. Gente que está más antenta de un alcalde que de un amigo.

Debe ser que en una peña uno ya no se divierte. No veo a nadie divertirse. Sí, bailan, se cogen de las manos y giran en torno al fuego. Es lo que siempre se ha hecho. Es lo que se debe hacer. ¿De debe hacer? ¿Querían de verdad hacerlo?

Como espectador, esto es lo que ví. Puede que la miopía lo distorsionara.

Aquí no se acabó todo

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