
El otro día fui a un supermercado. No es que no haya ido nunca, pero como ahora vivo en casa otra vez pues ya no tengo que ir a menudo, ya tengo la nevera llena sin hacer esfuerzo. Pero necesitaba algunas cosas así que fui. Se trata de un ex-Supermercados DeMadrid, ahora bien llamado Alipende, porque me gusta el gancho que tiene. Comprar productos de Alipende le dan sal a tu vida monótona de músico.
El caso es que entré y tenía una de esas “puertas” metálicas que antiguamente tenías que moverlas para entrar pero que ahora van solas. “Ok, esto puedo hacerlo”, y entré. Una vez dentro me di cuenta que con las cosas que iba a comprar no iba a tener manos, y como no gozaba de compañía pensé en coger una cesta. Cesta que estaba al otro lado de las dichosas puertas (que no se abren al revés, por supuesto). Así que justo entraba una madre con su hija pequeña a paso de tortuga y aprovechando que se abría salí en busca de mi cesta, con la suerte de que las puertas se comenzaron a cerrar, una de ellas la paré con mi culo, pero al salir la puerta siguió su camino hasta dar con la cabeza de la niña tortuga. Fue un buen impacto. Sonó hueco. El caso es que la madre me montó la escena como si yo hubiera querido masacrar a esa bola de pelos. “Señora, la puerta va sola, conmigo o sin mí su hija se hubiera comido el metal fresquito”. Pero me odiaba, y claro no se podía entrar en razón.
La niña estuvo llorando hasta que se fueron del supermercado. Se conoce que le dolió, aunque yo pensé que era una consentida y la madre una petarda. Pero esa noche seguro que le contaría a su marido lo cabrón y gilipollas que soy. Y al día siguiente en el trabajo su compañera mientras se limaba las uñas iba a despotricar sobre mi santa madre y mi vida sexual. Y el sábado, en la comida familiar, su hermano le dijo que volverá al supermercado a la misma hora para partirme los dientes con una barra de metal y así sentir lo que sintió su sobrina.
Todo porque la puerta es automática. La culpa fue de ella por dejar remolonear a la chiquilla justo ahí, porque basándome en mis cálculos, le hubiera dado igual con mi actuación o sin ella.
Este es el odio irracional que nos hace humanos. Ahora mismo hay más de 20 personas que me odian sin conocerme. ¿A que también te suena esto? ¿A que a todos nos pasa?
por
13/03/2010 at 9:03 Permalink
emmm
en estos casos suele funciones cagarse en todo y amenazar de muerte con voz en grito…
si la asustas lo suficiente habras ganado
14/03/2010 at 18:24 Permalink
Ya no vuelvo al supermercado.